© 2019 by Claudia A. García Cortés

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3. La Glorieta Insurgentes

3.1

Mientras el tocadiscos gira para asimilar el patrón, monjes renunciantes con hábitos naranja comen tortillas que les donaron en un puesto de tacos, drogados con la molécula del espíritu, se entretienen con el exilio a la luz de los postes espacio público en flujo deconstruyendo en jardines hastiados: caminaba yo rápido pues tenía un lugar a donde ir, aunque nadie con quien encontrarme. Quería llegar, jodido, defectuoso, a donde el bosque se convierte en granja de árboles, calle cerrada por tachuelas, limpiando una pipa de mota con clips en un teléfono público, bajo los cables de luz de tiendas de conveniencia, como vides. Una chica con top setentero de tela de toalla y sandalias se estaba comiendo la mitad de un melón verde con su navaja de muelle en una banca del parque, inconfundible, en el fundido de la puesta de sol.

Los cyberpunks de la burguesía aprovechan el mercado negro del tianguis como si fuera John Lennon, y en La Glorieta Insurgentes los transcendentalistas venden arrozales en las fuentes, y el candelabro está hecho de plumas bic, con tapas negras, y hay un foco de espectáculo en ellos, como gráfico, y en el tianguis esta tarde, y

en el jumbo-tron de la estación de autobuses: manchas al azar de defectuoso como máculas pixeladas sobre una polaroid jodida, cáscaras de cacahuate y cáscaras de limón, playeras de Lennon y muestras de shampoo, músicos activistas del sentido común exiliados en auriculares, una plaga de fantasías en fotos tomadas con cámaras de celulares, donde vimos los sitios que buscábamos ver: estación de autobuses catedral mercado mujeres cantina.